Tres espejos para la imagen de Indur�in

Tres espejos para la imagen de Indur�in

A Anquetil los t�picos le hicieron mucho da�o, pero quienes le conocieron bien aseguran que nunca el coraz�n le cedi� todos los trastos a la cabeza

En 1964, el a�o en que naci� un tal Indur�in, Jacques Anquetil, el primero de los pentacampeones, ten�a trabajo en el Tour. Un tanto sobrado, se hab�a permitido el lujo de montarse una chuletada en Andorra, en la jornada de descanso, mientras que sus rivales se entrenaban. Los d�as siguientes fueron de cuchillos largos, con ataques y contraataques, con bajadas suicidas entre la niebla. Por las cumbres pirenaicas volaban Bahamontes y Jim�nez y el m�s encarnizado rival de Anquetil: Poulidor. Y lleg� la gran cita: Puy de Dome, la primera etapa de la historia que fue retransmitida en directo por televisi�n. Francia ten�a el coraz�n partido. Durante toda la ascensi�n, los dos grandes enemigos subieron literalmente codo con codo. Pero, a falta de 1.500 metros, Anquetil perdi� fuelle y Poulidor escap�. All� pudo Jacques perder su quinto Tour, pero sac� su calculadora m�gica, �sa que s�lo tienen en la cabeza unos pocos elegidos, y gestion� su sufrimiento cada metro, cada pedalada.

Conserv� el �maillot� amarillo por apenas 14 segundos. Despu�s, en la contrarreloj final en Par�s, ratific� su victoria. Fr�o, insolente, calculador, hasta ventajista, dir�an sus cr�ticos. Elegante, superclase, inventor del ciclismo moderno, contestar�an sus admiradores. �Mi �nico objetivo es intentar probar que se puede tener algo de raz�n, incluso estando equivocado�, dijo tras ganar el Tour de 1961.

A Anquetil los t�picos le hicieron mucho da�o, pero quienes le conocieron bien aseguran que nunca el coraz�n le cedi� todos los trastos a la cabeza. Puede que no diera una pedalada de m�s, pero tampoco una de menos. �En toda mi vida no he encontrado un ciclista con m�s coraje que Jacques, pero esa cualidad pasa desapercibida por la perfecci�n de su estilo�, dijo Rafael Geminiani, su gran mentor. La muerte vestida de c�ncer le alcanz� en 1987, cuando hac�a 18 a�os que hab�a cambiado la bicicleta por los aperos de labranza.

Un belga coleccionista de victorias

Cinco Tours de Francia, cinco Giros de Italia, una Vuelta a Espa�a, una Vuelta a Suiza, tres Campeonatos del Mundo, tres Par�s-Roubaix, siete Mil�n-San Remo, cinco Lieja-Bastogne-Lieja, dos Vueltas a Flandes y a Lombard�a, tres Flechas Valona... Eddy Merckx, apodado el �can�bal� por razones obvias, nunca tuvo una digesti�n pesada. Despu�s de comerse los kil�metros, los rivales y las victorias, s�lo deseaba pegarse un atrac�n de lo mismo. Repartir no entraba en sus planes. Entre 1966 y 1976 el genio belga gan� 525 carreras de las 1.800 que disput�. Una marca para la eternidad. Quer�a la general, quer�a la monta�a, quer�a la regularidad... Lo quer�a todo. Lo consegu�a todo.

El �misterio Merckx� estriba en que, seg�n los t�cnicos y m�dicos que lo trataron, no destacaba por su fortaleza. Pero era due�o de una ambici�n y una rabia inconmensurables. Del instinto asesino de los campeones.

Sin embargo, el h�roe de las largu�simas cabalgadas pirenaicas, que se impon�a en su primer Tour, el de 1969, con casi 20 minutos de ventaja sobre el segundo clasificado, ten�a una cara humana. Lo demostr� en su dolorosa derrota ante Th�venet en 1975, asumiendo con humildad que hab�a llegado su hora.

Una muestra evidente de su car�cter indomable y de su nobleza la tenemos en uno de los momentos que ha quedado, para siempre, prendido en la memoria de los aficionados. Sucedi� en el Tour de 1971. Oca�a le hab�a infrigido un duro castigo en una etapa alpina, haci�ndole perder ocho minutos. Cualquier otro habr�a arrojado la toalla. Merckx, no. Aunque la carrera parec�a decidida, en las jornadas siguientes atac� con todas sus fuerzas. En los Pirineos, en el descenso del col de Mente, Oca�a dio con sus huesos en el suelo y tuvo que retirarse. Ya en la meta, Merckx se neg� a vestir el jersey amarillo que correspond�a al rival ca�do. El �can�bal� que coleccionaba todos los �maillots� renunci�, al menos, a uno.

El antecedente de Armstrong

Un corredor tan completo como Bernard Hinault, capaz de dominar tanto en la contrarreloj como en la alta monta�a, no pod�a permitir demasiadas alegr�as en el pelot�n. La tentaci�n de salir a cada escapada, de anticiparse a los ataques, era muy fuerte. �l era el patr�n. Generoso con los compa�eros de equipo -apadrin� a su sucesor, Greg LeMond, cuando comprendi� (eso s�) que ser�a incapaz de ganar su sexto Tour-, tuvo el respeto, pero no el cari�o, de sus rivales. Un perfil parecido al de Lance Armstrong, amores y odios incluidos.

Poco amistoso, competitivo en grado extremo, el �caim�n� o el �tej�n� -los dos apodos que le colgaron y que hac�an referencia a su tenacidad- se despachaba a gusto a micr�fono abierto contra adversarios y organizadores de las carreras. Paradojas de la vida: hoy forma parte del �staff� del Tour y es el encargado de repartir sonrisas y trofeos en el podio.

Para definir a este bret�n, due�o de un impresionante palmar�s -cinco Tours, tres Giros, dos Vueltas y un Campeonato del Mundo- la palabra es �orgullo�. El orgullo por ser su propio jefe le llev� a romper la sociedad con su director deportivo, Guimard, con quien form� un legendario t�ndem. Pero el orgullo tambi�n le llev� a ganar la Vuelta a Espa�a 83 cuando la ten�a perdida a manos de Gorospe: camino de �vila, un ataque fulgurante en el puerto de Serranillos acab� con el vasco y sirvi� para firmar una de las m�s espectaculares exhibiciones del ciclismo reciente. Y hubo m�s. Tras su derrota en el Tour de 1984 frente a su ex pupilo, Laurent Fignon, se retir� a la campi�a a lamer sus heridas y preparar su venganza. Se entren� como nunca, volvi� al Tour un a�o despu�s y lo conquist� con la nariz rota y los ojos amoratados por una ca�da, despu�s de resistir los ataques de Roche, Delgado... y la ambici�n del agazapado LeMond. Los campeones que ven�an.