Miguel Indurain Biografía

  En pleno Camino de Santiago

El municipio de Villava es la puerta de entrada a Pamplona por la carretera de Francia, el último enclave del Camino de Santiago antes de encontrarse con San Fermín. Situado al Nordeste de la capital navarra, sus cerca de 10.000 habitantes se congregan en las dos orillas del río Ulzama. El crecimiento comercial y urbano de Pamplona ha llevado a que en la actualidad sea difícil determinar los límites entre ambos municipios.

Cuando nació Miguel Indurain, el 16 de julio de 1964, la villa todavía estaba rodeda de campos de cultivo que alimentaban a la vecina Pamplona, aunque también contaba con industrias de manufacturas y una importante fábrica de papel. La familia de Miguel se dedicaba a la agricultura en unos terrenos que se beneficiaban de la proximidad del río Ulzama. Hoy día apenas queda actividad agropecuaria en la localidad, que mantiene un perfil de población eminentemente urbana.

El pequeño Miguel fue el segundo de cinco hermanos, tres chicas (Isabel, Nekane y Asunción) y un chico (Pruden), con quienes compartía el hogar de la calle San Andrés, llamada así en honor al patrón de la localidad. Alrededor de la casa se extendía un amplio terreno con huerta y una granja con gallinas, conejos y cerdos. La dedicación que exigía un hogar así hizo que tanto Miguel como el resto de sus hermanos alternaran los estudios con la colaboración en las labores del campo siempre que era posible.

Para un niño pequeño, circular en el tractor junto a su padre o ayudar en las tareas de una pequeña granja suponían pequeños entretenimientos que se confundían con las carreras, los partidos de fútbol o los juegos en los árboles. En ese entorno transcurrió gran parte de la infancia de Miguel.

Soñando con los encierros

Apenas cinco kilómetros separaban su casa de la plaza de toros de Pamplona, el centro neurálgico de Navarra durante el mes de julio. Todo el ambiente festivo, los pañuelos rojos al cuello, los toros de fuego y las comparsas ilusionaban al joven Miguel en las fiestas de San Fermín. Junto a sus primos y amigos se desplazaba hasta allí muchos días soñando con poder correr, cuando fuera ‘mozo’, delante de los toros. Años después, cuando tuvo la edad para correr, desde la cuesta de Santo Domingo, delante de los toros, su profesión le llevó a correr, por las carreteras de Francia, delante del resto del pelotón.

En el Colegio Lorenzo Goicoa de Villava empezó sus estudios de Educación General Básica (EGB). Los profesores de aquella época le recordaban como un chico normal, tanto en los estudios como en su actitud con los compañeros, con quienes disfrutaba jugando al fútbol en los descansos. Al llegar al quinto curso de EGB sus padres decidieron cambiarle de colegio al Cardenal Larraona, donde estudiaban sus primos, situado en el otro extremo de la ciudad, junto a la Clínica Universitaria. El cambio de ambiente y de amigos le forzó a repetir curso ese año, pero también a demostrar toda su capacidad atlética. En el Larraona fue donde empezó a destacar en los deportes.

La estatura de Miguel le permitía jugar a un buen nivel al baloncesto, aunque también competía en lanzamiento de jabalina y en carreras de medio fondo, especialmente en los 400 metros. En una etapa breve también se interesó por el fútbol, llegando a militar como defensa en el equipo local de Villava, el Beti Onak.

Tras la estela de Luis Ocaña

A los doce años, junto a otros compañeros de la localidad, Miguel se inscribió en el recién fundado Club Ciclista Villavés. Era el año 1975, dos después de que Luis Ocaña hubiera ganado el Tour de Francia, destacando como un gran escalador en las grandes etapas de montaña. Era el segundo corredor español que conseguía vestir el maillot amarillo en los Campos Elíseos, pero el primero en recibir una cobertura general en toda España gracias a la televisión.

En las categorías Benjamín y Cadete del Club Villavés empezó a ser consciente de sus posibilidades sobre una bicicleta. No ganaba carreras, pero casi siempre pisaba el podio. Su compañero de equipo, Joaquín Marcos, era el principal competidor, aunque hay que tener en cuenta que tenía un año más que Miguel.

El padre de Miguel alentó desde pequeño la actividad deportiva de su chico. En el 1.500 familiar le transportaba hasta las localidades en donde se celebraban carreras junto a sus primos y Prudencio.

Una vez terminada la EGB se matriculó en el Instituto de Formación Profesional de Potasas, donde estudió la rama de Mecánica de Herramientas con el objetivo de colaborar con su padre en el mantenimiento de la maquinaria agrícola. Mientras estudiaba FP empezó a aficionarse a la bicicleta, un deporte que apenas había practicado hasta entonces.

El paso a la categoría Juvenil, en 1981, fue determinante para su consolidación en este deporte. Siendo su primer año en esa categoría empezó a despuntar en muchas jornadas, ganando cuatro carreras en Navarra. Pepe Barruso e Ignacio Urdániz fueron sus directores en esa época donde Miguel ya demostraba su serenidad a la hora de manejar las distintas situaciones de carrera.

Campeón amateur

Su primera temporada como Juvenil provocó que varios equipos de la zona se fijaran en el ciclista de Villava. Fue el Reynolds, un equipo fundado en Irurzun, municipio industrial del Oeste de Navarra, el que se hizo con los servicios de la joven promesa para su segundo año como Juvenil.

El equipo profesional que patrocinaba la empresa de papel de aluminio estaba dirigido por José Miguel Echávarri. Pero el amateur, en el que se integró Miguel Indurain, tenía como responsable a Eusebio Unzué.

El hecho es que en 1983, todavía como amateur, ganó el campeonato navarro de fondo en carretera. Posteriormente también se hizo con el campeonato de España, en el que se impuso a Jokin Mujika en el esprint. Este triunfo sirvió para Induráin tras un esprint junto a Jokin Mújika. Aquél triunfo fue la consolidación de Miguel como ciclista y en 1984 llegó el estallido como aficionado consiguiendo más de una docena de triunfos con 19 años.

 


Miguel Indurain

Miguel IndurainEl español empieza a practicar el ciclismo como un pasatiempo y hasta ahora es el único pedalista en ganar cinco Tour de Francia

Su porte sobre su jaca de acero, su fortaleza indomable y el respeto que siempre manifestó por adversarios y público, hicieron del español Miguel Indurain un verdadero Quijote del ciclismo. Sus hazañas de los 90 sobre carreteras de todo el mundo, época en que lo ganó prácticamente todo, lo convierten sin duda en un ícono del Siglo 20.

Su poderosa condición atlética y la táctica brillante con la que enfrentaba a sus rivales, le dieron como resultado ganar una infinidad de títulos en singles y dobles por igual.

El premio: un refresco
Siendo niño, Indurain llegó a Pamplona procedente de su natal Villava para continuar sus estudios básicos. Como el cambio no fue de su agrado, el pequeño Indurain protestó el hecho, canalizando sus energías hacia el deporte. Hizo de esquiador, de lanzador de jabalina y bala, saltó longitud, fue garrochista, pero también ciclista, ingresando al Club de Villava en 1976.

Indurain nació en 16 de julio de 1964 en Villava, Navarra y desde los 9 años dio sus primeros pedalazos en compañía de sus hermanos Prudencio, Isabel y María. A los 12 años, en el vecino pueblo de Elizondo, Indurain ganó su primera carrera, la segunda en que tomaba parte, y su premio fue un panecillo con refresco.

Ya desde esos años Indurain empezó a sentir la carga de responder a un equipo, como en sus años de profesional sucedió mucho tiempo. Su modesto equipo de chaval no tenía para darse lujos y en una ocasión los entrenadores pidieron permiso a Miguel Indurain padre para que dejara a su hijo competir en una localidad cercana. La duda que invadía a papá Induráin era dónde dormirían los noveles pedalistas, y además qué comerían si no llevaban dinero. La respuesta la tuvo uno de los entrenadores: todo se solventaría con el premio de primer lugar que obtendría el prometedor Indurain. Y así sucedió.

La joven promesa siguió ganando y haciéndose de un nombre en el ámbito aficionado de España, hasta que se consolida como un verdadero portento en 1983, año en que consigue los campeonatos de Navarra y España. "Nunca pensé en que iba a dedicarme al ciclismo profesional", diría en alguna ocasión el pentacampeón del Tour de Francia, "empecé en esto como un pasatiempo, las cosas me iban bien. "Hasta que llegué a Aficionados comencé a plantearme si iba o no a ganarme la vida encima de una bicicleta. Tenía 18 años y muchas dudas en mi cabeza".

A Profesionales
En 1985 Indurain da el salto al ciclismo de paga, fichado por el Reynolds. Como es normal, resiente el cambio de división y los éxitos, aunque existen, son más difíciles y aislados. La prueba de fuego para todo profesional, el Tour de Francia, no le sienta bien en sus primeras apariciones: abandonos en 1985 y 86; lugar 97 en 87, 47 en 88, 17 en 89, décimo en 90: años de fiel escolta de Pedro Delgado.

En los siguientes cinco años el Tour lo proyectaría al lugar que hoy ocupa entre los consagrados del ciclismo mundial como Jacques Anquetil, Eddy Merckx y Bernard Hinault, todos ellos pentacampeones de la Ronda Gala. "No quiero cambiar", dijo en su momento Indurain, "me gusta cómo soy, he llegado muy alto y estoy a gusto con mi vida, pero nunca me he sentido superior a nadie". Su humildad bajo la aureola de la victoria y su altivez en la derrota dejaron huella en el pelotón internacional. "De jovencito tenía un ídolo", mencionó alguna vez Indurain, "era Bernard Hinault, el que más me impresionó, era el que estaba de moda cuando yo empezaba, luego lo he visto de cerca y era un fuera de serie".

Se inicia el reinado
Ya desde 1990 Indurain empieza a pasar lista de presente en el panorama internacional. Para el Banesto se adjudica algunas pruebas de prestigio, pero más importante es su segunda victoria parcial en el Tour de Francia y el décimo puesto general en esta justa. Sin embargo, hecho sobresaliente fue que Indurain, estando en la escapada clave y con el virtual suéter amarillo a dos días para el final del Tour, se ve en la necesidad de ceder en favor de su jefe de filas, Pedro Delgado. "Perico ha sido uno de los grandes ciclistas españoles de todos los tiempos", comentaba Indurain, "junto a él he aprendido muchas cosas, él me sirvió de espejo para que yo fuera adquiriendo experiencia".

Tras las dos victorias consecutivas del estadounidense Greg Lemond en 89 y 90, 91 fue el primer año victorioso de Indurain y a falta de talentos que pudiesen llegar a ídolos, muchos pensaron que había nacido una estrella. "¿Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault?", se preguntaba Indurain, "estamos hablando de montruos sagrados de este deporte, yo no puedo compararme a ellos. Yo, por el momento, sólo quiero ser Indurain".

'El Extraterrestre'
El italiano Claudio Chiappucci, contemporáneo de Indurain, solía llamarlo "El Extraterrestre" y Gianni Bugno, de la misma generación, le decía "La Moto" y "Miguelón". Indurain respondía, "no soy ningún extraterrestre, aunque a veces esté en la luna". Algunos rivales, como el mismo Chiappucci, Franco Chioccioli y Marco Giovanetti, llegaron a reconocer que, en más de una ocasión, Indurain, elegantemente les cedió el podio. Esa misma elegancia le permitió no perder su figura, su semblante, aún en las rampas más empinadas o en las exigentes contrarreloj. "Le ves ahí, atacando", decía Chiappucci, "con la sonrisa en los labios y no sabes si está agotado, si está disimulando, o es que se va riendo de tí". "No soy una persona que exteriorice mucho sus emociones", solía decir Indurain.

La retirada
Mucho antes de ganar su quinto Tour consecutivo, Indurain ya estaba preparado para el día en que las victorias escasearan y no fueran ya de la magnitud deseada. "He llegado al máximo, a partir de ahí, o te mantienes o te vas para abajo. En el deporte lo bonito es luchar por la victoria y si el otro es mejor que tú y te ha ganado, no puedes hacer nada. "Siempre he aceptado las derrotas, además, si te tomas la gloria muy fuerte, entonces quizá la derrota será también muy fuerte", afirmaba Indurain en sus días de éxito total.